Cuando estaba en pan de azúcar me acordé de ella y me prometí a mi misma escribir este post.
Conocí a Maria en capoeira. Apareció en un taller de verano, junto con algunos insidiosos comentarios femeninos como “a todos les gusta ella”. Había hecho afro con Zumbi, el profe, y ahora estaba practicando capoeira.
Nos caímos bien altiro, y coincidimos en un paseo a la playa del grupo en el cual figurábamos cantando y tocando birimbaos y tambores en plena subida Ecuador. Luego de la capoeira y la samba y la angola y todo lo relacionado, nos vimos ambas cantando boleros y valsecitos peruanos y decidiendo tácitamente la amistad. Recuerdo que el resto sólo nos miraba y se reía.
Durante cerca de dos años estuvimos muy cerca. Fue una época demasiado bonita, en que la magia flotaba alrededor nuestro. Inventábamos palabras, juegos, conceptos, hasta tragos!!. Nuestra vida estaba centrada en sacar algún movimiento de capoeira, contemplar la mayor cantidad de puestas de sol posibles, aprender historias y canciones para enseñárnoslas mutuamente, bailar samba y forró, seguir a Los Jaivas donde quiera que tocaran y cultivar la “vida horizontal” (o sea, el tuto y el relajo en todas sus formas).
Todo era muy simple, y las cosas resultaban siempre bien, aunque generalmente no como lo habíamos planeado, como cuando íbamos a acampar a Pichidangui y terminamos en una casa en Los molles tomando mate, o como cuando fuimos a ver a Caetano en viña y como el concierto se suspendió por temporal nos dedicamos a tomar té en los locales ricos esos de Valpo. Y recoger los “Caetanos caidos” (lease afiches volados por el viento en la recta Salinas) o como cuando fuimos a ver a Manu Chao gratis porque ese mismo día alguien que tenia entradas de las buenas decidió no ir…
Esta especie de encanto probablemente trascendía nuestro alrededor, y eso también se notaba. Nuestros nombres se parecen, y era divertido como la gente los confundía, hasta el punto que ya casi nadie trataba de recordar cual era cual, y nosotras respondíamos a cualquiera que nos dijeran, sin hacernos mayores problemas. María me regaló muchas cosas, de esas importantes que no se envuelven en papel y que a la larga son las que ayudan a encontrar sentido a lo cotidiano. Su paso por mi vida fue una ventanita que se abrió para mostrarme la belleza de las cosas sencillas y el enorme poder de una sonrisa. La misma ventanita se volvió puente y me permitió conocer a Pocho, que hasta el día de hoy es my very best friend. Supongo que yo también dejé algo en su vida.
Hace mucho tiempo que no sé de ella, me imagino que debe estar cuidando a su bebé y organizando recitales poéticos. Nos alejamos súbita pero imperceptiblemente, pero con un compromiso de reencuentro disfrazado en los discos que nos tenemos que devolver mutuamente.
1 comentario:
Ya poh... juegue!!!
xxx
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