Adoro a los gatos. Me caen demasiado bien, son chistosos, expresivos y tienen algo absolutamente incomparable y adorable: Ronronean!! Nada más rico que un gato ronronee en tu cuello o tu espalda… Un verdadero masaje.
Cuando chica no me gustaban, me caían mal y hasta me daban un poco de miedo. Nunca hubo uno en mi casa, a nadie le gustaban demasiado, pero cuando estaba como en 3° medio llegaron lauchas y la desesperación y el asco de las trampas y venenos nos ganó. Así fue como llego La Gaty, para felicidad de mi hermana mayor que era la única que les tenia simpatía a los mininos.
Desde entonces siempre ha habido gatos en mi vida y no pocos.
El fin de semana estuve muy tentada de adoptar a Benito, un pequeño desvalido que recogió Pollo y que me besaba y ronroneaba como si tratara de convencerme. Pero recordé que John Ritter y Gemita crearon una alianza instantánea apenas ella llegó al depto. y me dijeron, “No más animales acá. La Pita ok, es tortuga y no sale del acuario. Pero nada mas”
Ante la evidencia democrática que debo respetar, me conformo con una lista de los mininos que he querido en mi vida..
La Gaty: La primera, única e inolvidable. Ella es el animal más expresivo que he visto en mi vida y la más chistosa. Se ganó el cariño de todos en muy poco tiempo. Con ella nació nuestra costumbre de darles muchos nombres a los animales, una especie de evolución. Fue gaty muda, gatísima, gaty campestre, gaty casting, gaty feroz, gaty madre, gaty obesa y miles de variantes más. Entre sus anécdotas más memorables estaba la ropa que se robaba de los cordeles de los vecinos, y luego dejaba en tu cama con todo cariño. A mi me llevaba calcetines, a mi hermana calzones. Gracias a ella inventamos miles de dichos y chistes que aun conservo.
Silverito bebé y la Cosita: Los hijos de la Gaty. Mi papá quería un macho, y como nunca logramos decidirnos entre ellos se quedaron ambos. Silverito era muy comunicativo, sus purrrrr!! se escuchaban muy seguido. La Cosita era un gato precioso, como esos que salen en los calendarios que regalaban en las carnicerías, pero bobo como una puerta. Se paraba en la reja y la gente que pasaba por la calle se detenía a mirarlo mientras él se lucía. Hasta que se lo robaron. Silverito fue atropellado.
El enano: También conocido como Nano nanón, la fiera, y el gato pesadilla. Lejos el gato más pesado que he conocido, aunque igual lo quise mucho. Era medio salvaje y como no tuvo mamá se crió en el bolsillo del delantal de mi abuela. Como consecuencia de esto se creía persona: salía en las fotos, se sentaba a la mesa, y si habían varios conversando siempre estaba ahí, girando su cabeza hacia quien estaba hablando. Sus salidas siempre lo perjudicaban, una vez recibió una patada que le quebró la mandíbula y le dejó la cara chueca para siempre. Desde la vez se perdió 14 días no salió nunca más. A pesar de eso fue de los más longevos.
Pussycat o el gato rezador: Era mi gato, una delicia dormía conmigo y se quedaba llorando cuando me iba a la Universidad. Cuando mi mamá se iba a rezar el rosario siempre aparecía y se echaba a chuparse la cola mientras ronroneaba y te amasaba compulsivamente. Dejé de existir para el cuando me puse a pololear, pero casi me morí cuando lo atropellaron…
Sombra y Bulla: Los hermanos de Pussy. Aparecieron en el jardín siendo unos bebés. A ellos los crió mi ex cuñado, y los devolvió cuando terminó con mi hermana. Deliciosos ambos, peleaban con el Nano que nunca quiso tener amigos. murieron envenenados por mi vecina.
Merlina: También conocida como Merlis, Gordina, Fundina o Mielina. La trajo Mini de su colegio, donde la botaron y sobrevivía comiendo doritos. Esta costumbre nunca se le quitó. Era como una niña pelusona, muy regalona y maldadosa. La ayudé a parir a Roberto, Nildo, Merlín y Jacinta. La más cazadora, llegaba muy orgullosa con los pájaros que cazaba en el jardín. Aunque dejé de vivir con ella cuando abandoné el hogar paterno, siempre me buscaba cuando iba de visita. Ella y el Nano fueron víctimas del veneno, y la pena de mi mamá fue tanta que olvidó todos sus reparos de educación y mesura y partió a increpar a la vecina con una furia que nunca le habíamos visto.
Merlín o Meñoño Peten: El primogénito de Gordina se quedó en casa y se transformó en un verdadero Adonis Felino. Peten es un gato adorable, enorme, esbelto y siempre limpio y reluciente y el único que le tiene paciencia a mi sobrino Pitu y sus ataques de cariño. Es también el único que se enfrenta a Lucas, el boxer que huye de él. Peten se transformó en el preferido de mi mamá, a la que despierta con tiernos besitos.
Violeta: Llegó con sus 5 hijos a mi depto. de Sta. Lucía cuando yo llevaba apenas unos meses allá. La llevó Mini en los tiempos en que aún me quería, con el compromiso de regalar los gatitos y esterilizarla si me quedaba con ella. Violeta era el ser más agradecido que he visto en la tierra, dejaba botados los cachorros sólo para ir conmigo. Lamentablemente tenia malas costumbres y se metía al depto. de mi vecina. Desapareció misteriosamente y me quedé de madre de cinco hermosos bebés a los que daba mamadera y se metían a mi cama en la noche. Nunca supe como no los aplasté al dormir. Ante la amenaza de que corrieran el mismo destino que Violeta, conseguí hogar para todos. El último fue Luciano, un pequeño color té con leche, flacuchento y débil. Se lo llevó mi tía y hoy es una belleza que se llama Huáscar, aunque le dicen el gato perro.
No me malentiendan. Los perros también me gustan y mucho. Quizás otro día les hablaré de la perry, Lucas, Chino, Panchis y mi inolvidable Jim, pero Benito me dejó mal y descubrí que me muero de ganas de tener un gato.
Estoy en la pega y me acaban de avisar que me van a cambiar de puesto… again. Desde que llegué al banco he pasado ya por 4 puestos, y ahora voy por el quinto.
El primero duró cerca de 4 semanas, y más que un puesto era un rincón en el cubículo de la jefa donde pusieron un PC con una conexión tan mala que ni Hotmail podía ver. Ni siquiera tenía mi propio usuario. Después me mandaron al salón de los trabajólicos, frente al jefe odioso, con un PC pa mi, usuario y correo, pero cero privacidad porque mi pantalla quedaba a vista y paciencia de todos, lo cual me apesta profundamente. Ni hablar de un cajón o algo, porque no cabía y para peor ese mueble colgante típico de las oficinas estaba con llave. Fue lejos la época en que peor lo pasé. Era julio, y me acuerdo que me agarré un resfrío tan feo que terminé con una pelota de calcio en mi pulmón derecho. Además no eran agradables los “sshhhh.. ya te vas???” de los trabajólicos cuando terminaba mi pega y recogía mis cosas.
Después de mis gratísimas vacaciones del 18 llegué y me encontré con que mi puesto estaba ocupado. Me dijeron que me habían cambiado nuevamente, porque me tenían “mas confianza” y en mi lugar pusieron a otro externo para tenerlo “mas cortito”. Esta vez estaba un poco más lejos del jefe odioso y los trabajólicos, en una oficina con un señor que es el ejemplo del empleado bancario. Lleva como 40 años acá, llega a la hora y se va idem, hace su pega, lee el diario y almuerza con los amigos. Conversa de fútbol, y evita cualquier actividad tipo “dinámica grupal” de esas tan de moda en las empresas hoy. Tuve una cajonera por 2 semanas pero me la quitaron, pero al menos me quedé con anexo y un pequeño mueble para dejar mis cosas. Ahí estaba más tranquila, y podía huir más fácilmente a clases de kung fu.
Ese puesto me duró hasta noviembre, cuando me avisan que llegan 2 personas nuevas a trabajar al banco, que obviamente tenían toda la preferencia. Luego de cambiar mis cosas y provocar el odio de mis nuevas vecinas cuando hubo un apagón al enchufar mi PC, me instalé en esta oficina que es lejos la más grande y cómoda en que he estado. Tengo mi mueblecito y hasta closet para dejar mi chaqueta, y además estoy al lado de la puerta así que mis huidas pasan piola. Por las mañanas trabaja otra persona acá, pero no hay problema porque es re buena onda. Lo único non grato es que estoy al lado de la secretaria, y si la oyeran como habla (grita) me entenderían.
Ahora me tengo que cambiar al lado de un chico que habla poco y toma mucho café. La oficina es más chica que esta, pero no me importa demasiado, porque es sólo por una semana. Después me voy del banco con destino incierto, se acaba el proyecto y comienza otro.
Se supone que esta vez debiera ser un proyecto “normal”, plazos fijos, trabajando en mi notebook, con un equipo de la empresa, no más almuerzo sola.. etc.
Pero eso será motivo para otro post
Ayer mi clase de kung fu estuvo top, lejos la que mas me ha gustado desde que volví a entrenar. Fue una especie de concentrado de patadas. Mucho rato. Terminé demasiado feliz. Se me olvidó todo, las rabias de la pega, los problemas familiares, el cansancio, lo adolorida que estaba por la clase anterior… todo. Había puros alumnos antiguos, de graduación alta… y yo, así que tuve que aperrar no más. No sé si es por la capoeira o que, pero el asunto es que no me costó tanto seguir el ritmo, además que definitivamente patear es lo que más me gusta. Mis golpes con los brazos son una talla, yo creo que a nadie le dolería, en cambio con las piernas como que las cosas me salen mejor.
Desde que volvi a entrenar ando tan bien como no se imaginan. Se me quitaron todas las ñañeces. El más feliz es Azul que se las tiene que bancar cuando vienen. El kung fu me encanta, pero creo que el tema va más allá. Necesito hacer actividad física, pero algo fuerte. O sea, si me pones a hacer algo relajado no es lo mismo. Me hace bien, pero no me llena. Mi acupunturista me decía que lo que pasa es que acumulo demasiada energía, y entonces necesito algo que me ayude a liberarla y hacerla recircular. Le pregunte si me veía en yoga y se mató de la risa:” Te vas a aburrir como ostra”. Yo personalmente me encuentro de lo más normal, pero siempre me dicen que soy demasiado acelerada y que como que no paro nunca. John ritter me llama Ritalin, y Azul bromea con que desde antes de conocerme su vida y sus fines de semana no eran la vorágine que son ahora…
Recuerdo que el señor de las agujas me cateteó un montón para que volviera a hacer deporte, casi como parte del tratamiento. Mi primer e instintivo intento fue retomar la capoeira, pero pronto desistí al darme cuenta que mi momento ahí ya pasó y lo que yo quisiera no existe, por lo menos en Chilito. Eso sí, hasta el día de hoy escucho la música y hasta he vuelto a jugar, en instancias muy especiales.
Ante mi negativa a volver a los aires brasileros, mi doc me dice “Entonces haz kung fu”. Mi primera reacción fue un “no gracias, Azul hace kung fu y no quiero invadir su espacio, además no me llama la atención eso de andar peleando.. la gracia de la capoeira es que si tu quieres es sólo juego... y bla blabla”. Insistí en el “no” hasta que Azul me llevó a ver el mundial que hubo el año pasado. Me acuerdo que vi a una mina haciendo formas con una espada y dije “yo quiero hacer eso”. Al poco tiempo figuraba con mis pantalones de duende entrenando por ahí, en un grupo chiquito. Hoy estoy en otro grupo más grande y con otro profe, y lo suficientemente feliz como pa quedarme harto rato más. De Brasil me quedé con muchos y gratos recuerdos, amigos, enseñanzas y varias técnicas de patadas.
Cuando estaba en pan de azúcar me acordé de ella y me prometí a mi misma escribir este post.
Conocí a Maria en capoeira. Apareció en un taller de verano, junto con algunos insidiosos comentarios femeninos como “a todos les gusta ella”. Había hecho afro con Zumbi, el profe, y ahora estaba practicando capoeira.
Nos caímos bien altiro, y coincidimos en un paseo a la playa del grupo en el cual figurábamos cantando y tocando birimbaos y tambores en plena subida Ecuador. Luego de la capoeira y la samba y la angola y todo lo relacionado, nos vimos ambas cantando boleros y valsecitos peruanos y decidiendo tácitamente la amistad. Recuerdo que el resto sólo nos miraba y se reía.
Durante cerca de dos años estuvimos muy cerca. Fue una época demasiado bonita, en que la magia flotaba alrededor nuestro. Inventábamos palabras, juegos, conceptos, hasta tragos!!. Nuestra vida estaba centrada en sacar algún movimiento de capoeira, contemplar la mayor cantidad de puestas de sol posibles, aprender historias y canciones para enseñárnoslas mutuamente, bailar samba y forró, seguir a Los Jaivas donde quiera que tocaran y cultivar la “vida horizontal” (o sea, el tuto y el relajo en todas sus formas).
Todo era muy simple, y las cosas resultaban siempre bien, aunque generalmente no como lo habíamos planeado, como cuando íbamos a acampar a Pichidangui y terminamos en una casa en Los molles tomando mate, o como cuando fuimos a ver a Caetano en viña y como el concierto se suspendió por temporal nos dedicamos a tomar té en los locales ricos esos de Valpo. Y recoger los “Caetanos caidos” (lease afiches volados por el viento en la recta Salinas) o como cuando fuimos a ver a Manu Chao gratis porque ese mismo día alguien que tenia entradas de las buenas decidió no ir…
Esta especie de encanto probablemente trascendía nuestro alrededor, y eso también se notaba. Nuestros nombres se parecen, y era divertido como la gente los confundía, hasta el punto que ya casi nadie trataba de recordar cual era cual, y nosotras respondíamos a cualquiera que nos dijeran, sin hacernos mayores problemas. María me regaló muchas cosas, de esas importantes que no se envuelven en papel y que a la larga son las que ayudan a encontrar sentido a lo cotidiano. Su paso por mi vida fue una ventanita que se abrió para mostrarme la belleza de las cosas sencillas y el enorme poder de una sonrisa. La misma ventanita se volvió puente y me permitió conocer a Pocho, que hasta el día de hoy es my very best friend. Supongo que yo también dejé algo en su vida.
Hace mucho tiempo que no sé de ella, me imagino que debe estar cuidando a su bebé y organizando recitales poéticos. Nos alejamos súbita pero imperceptiblemente, pero con un compromiso de reencuentro disfrazado en los discos que nos tenemos que devolver mutuamente.